La Luna: el satélite natural de la Tierra
Estos valores, aun siendo poco frecuentes, no resultan excepcionales en el mundo de los satélites.
Sin embargo, si se comparan la masa y dimensiones de la Luna con las de su astro principal, la Tierra, se constatan, unas relaciones muy superiores a las que se dan en cualquier otro caso. Es decir, la Luna es el satélite con diámetro y masa de mayor importancia en comparación con las mismas magnitudes del astro principal.
La altura de las paredes de un cráter puede alcanzar 5 km si se mide a partir del interior del mismo, pero sólo es de unos pocos centenares de metros si se tiene en cuenta el nivel del terreno exterior circundante. La altura del pico central de un cráter, en los casos en que existe, raramente supera los 2,5 km, observándose casi siempre una pequeña abertura en su cima.
Los mares de la Luna.
El estudio de las características físicas de los mares lunares ha permitido clasificarlos en dos tipos completamente distintos, para cada uno de los cuales existiría un origen también diferente.
Por una parte, se encuentran los mares de contornos marcadamente circulares, rodeados casi por completo de cadenas montañosas, y en cuyo interior no se observa ningún cráter. Estas formaciones se suponen derivadas del impacto en la superficie lunar de algún cuerpo de elevadas' dimensiones, tal como un asteroide de tamaño regular o el núcleo de un gran cometa.
El impacto de uno de estos cuerpos celestes explicaría el aspecto de tales formaciones lunares, y los sistemas montañosos que las rodean habrían sido originados por el mismo material lunar empujado hacia el exterior por el impacto.
El segundo tipo incluye los mares de contornos irregulares, los cuales no están rodeados por ninguna formación montañosa y en cuyo interior se observan cráteres fantasmas, es decir, cráteres con los bordes parcialmente hundidos en el suelo del mar. El origen de estas formaciones se supone debido a la inundación de las zonas bajas de la Luna por grandes cantidades de materia proveniente de otras regiones o, tal vez, por la acumulación de lava desplazada desde el interior.
La otra cara de la Luna.
Debido a que el período de rotación de la Luna sobre sí misma coincide con su período de traslación alrededor de la Tierra, desde esta última siempre se observarán las mismas regiones lunares. Por ello, resultaron de gran interés las primeras observaciones de las zonas ocultas realizadas por la nave espacial soviética Lunik III, lanzada el 6 de octubre de 1959.
Este ingenio espacial transmitió a la Tierra una serie de fotografías de la cara oculta que pusieron de manifiesto la existencia de diferencias importantes respecto a la cara conocida de la Luna, las cuales han sido confirmadas por posteriores observaciones.
Entre las diferencias más destacables cabe señalar una ausencia casi total de mares: sólo se ha identificado uno con toda seguridad, detectándose además un número de cráteres netamente inferior al que se observa en su cara visible.
Ambos hechos no han encontrado ninguna explicación satisfactoria, aunque algunos autores pretenden que podría explicarse suponiendo que la Luna lleva millones de años dirigiendo la misma cara a la Tierra, y que la mayoría de los cuerpos que cayeron en su superficie tenían su órbita comprendida entre la Tierra y la Luna. De aquí que la mayoría de los impactos se produjeran en la cara que mira hacia nosotros.
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